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fondeando la Costa Esmeralda - I


¿LiBERTAD? ...ché vieja...
  • ...una verdadera ijaepú (rubia en castellano)
  • del clan Teiboleras al Talón descalzas (besitos, amigas)
  • y fichaba en el Palenque Bar de la costa Chica...

...del Pinche Lunes al San Viernes
 Cuando Cleofas me invitó al Palenque, hubiera sido imperdonable rajarse. Mi simpático y nuevo amigo no era cualquier cacique por votación ni a huevo por la fuerza. Caciqueaba porque Usos y Costumbres le otorgaron tal puesto, porque tenía madera y porque l'encantaba darse tal gusto. Generoso por naturaleza, se hubiera ofendido si pagara anque sea la propina. De pocas palabras y muchas nueces, era mi confidente e iniciador a la etiqueta local: captó instantáneamente la mutua simpatía al conocernos y mis carencias sociales le valían madre. Pero sin orientación adecuada le sería de ninguna utilidad. Por otro lado, nada fácil encontrar un fuereño valemadres en ésta olvidada costa: la mayoría tan corren al primer disparo que vuelan sin cobrar, valemadres de pacotilla con absoluta faltancia de curiosidad. Espero no reencarnar en gato, porque de curiosidad debo alguna que otra.

Cleofas confidenciaba en un tono afablemente insinuado -usando parábolas muy semejantes a los pasajes bíblicos más violentos, vengativos y catastróficos- la pura poesía y encanto de costa Chica en todo su letal esplendor, cruzando aquel Palenque con sombrero de palma a la cabeza y la fusca al cinto. Sin confidencias ninguna sinceridad nace, me fascinaba igual que la cuatronarices a su presa; pero la confidencia del otro termina donde uno interrumpe preguntando. Darle tiempo al tiempo, ingiriendo cerveza tras cerveza y un mezcal desempance después, rayaba en la primordialidad. Si acaso pensara rajarme ya era demasiado tarde, ni podía andar con tanto aguardiente de maguey: cuando las piernas ni responden no queda mas qu'escuchar y despejar certeramente cualquier duda aparente.

 Satisfecho al fin, Cleofas se levantó hacia la caja para hablar con el encargado del Palenque. Me enviaron una botana con tasajo desde aquél universo parabólico y sangriento, asentándome de vuelta bajo la palapa cabaretera. Ahí sentada adornando la barra, una mesera cenaba su descanso en turno, con porte y gallardía más que figura de pelo rubio, nada comunes por ésta marginada costa. Mirando mis ojos se levantó con dos cervezas y una sonrisa: - ¿Necesitas compañía, güero?

- Lo que necesito es papel y lápiz para garabatear. Y gracias por la cerveza ¡Salú!

- En la barra tenemos papeles. - Trajo cuatro cuentas canceladas que al reverso eran blancas y un lápiz de colegial, expresando - Soy la Libertad. Y a tí ¿cómo te nombran, güero?

- Pintor - respondí mientras pensaba en 'la Libertad... ¿de averiguar si es rubia natural?' con cara obvia y la Libertad divertida hasta las pupilas.

 Bosquejaba en los cuatro papeles, descifrando aquellas pupilas con sonrisa mientras seguían aportando cervezas y algún que otro mezcal. Una hora después salió Cleofas masticando el verbo 'Vámonos, tu pinche vieja me sacó de onda'  y ni modo: averiguaré la blondez de la Libertad en otra ocasión menos estropiciada.

- Mientras dibujabas, vaciaba las cervezas que mandaba en ésa maceta con palmas, ahí juntito.

 La Libertad se puso tan azul pasando al blanco hasta volverse roja (egalité, fraternité, liberté) qu'estuve a punto de soltar el verbo 'Alons Anfans De La Patrí' a mandíbula batiente. Apenititas a tiempo recordé el cuento ése del príncipe Maximiliano, cuando Juárez el indio de Oaxaca lo ajusiló. Saliendo a la calle tras nosotros, el encargado habló con Cleofas y más urgidos que preocupados vinieron hacia mí, aquel encargado manifestando:

- la Libertad quiere disculparse con usted, Pintor.

- Ahí tu sabrás - respaldó Cleofas. Llegando frente a la Libertad, mi dedo le tapó ambos labios intuyendo su verbo 'Ni tenía la más puta idea de con quién jugaba', justo cuando ninguna orejita mía andaba de humor pa escuchar nada: siempre levantando pasiones... ¡ché vieja!

- Me vale madre todo lo que digas, sólo vengo a pasar un buen rato contigo, nada más. Cual 'dama de compañía' cono dicen los fifís... ¡ni que fuera tan mala penitencia, Libertad! - en verbo 'Ni te'spantes no queremos hacerte nada Querreke', bien consciente qu'el más bajo ijoepú (rubio, en castellano) era yo, esclavizando así a la Libertad el día que nos topamos, no más por averiguar su blonda naturaleza. Regresamos al Palenque a manos llenas de dedos entrelazados.

 Me abrazó con sabor a miel y cuando la Libertad te invade, no queda más que gozarla y sin amilanarse pecadoramente. Al unirse la Libertad con mi valemadrismo, obtuvimos resultados tan sorprendentes que labramos la eternidad con memorias aladas; nada de cielos nublados por nuestras playas, lo de menos su natural blondez. Ni herizos ni puercoespines se entregan al amor poniendo mayor atención y cuidado.
...ché vieja...



Nexos @nexos:

más Tribulaciones para un Mecánico Hotelero

Ángela, nuestra Señora de las Hamacas
  El último turno del Arcoiris terminaba a las 11 de la noche, hora oficial para los asaltos en toda la Zona Costa. Floriberto vivía hasta arriba del batallón y le tocaba entre los últimos para llegar a su cantón. La Combi Arcoiris estaba ya tan viejita que nadie se la iba a ocurrir robársela al regresar vacía a través del lumpen. A veces veía un chaparro con chambergo puntiagudo negro, sentadito a la sombra de un tronco junto al farol eléctrico. Me veía pasar y lo saludaba con gusto por esfumar mi solancia. Me contestaba efusivamente, igualmente solitario. A veces me saludaba ansioso ya cuando subía retrasado y le contestaba con la mano. Que se me ocurre comentar con Floriberto -“Mira, hoy salió más temprano el güey del tronco”- y Floriberto ya no quiso volver a subir por allá conmigo. Tuve que escoger otra calle paralela para rodear el árbol del güey con chambergo puntiagudo negro y poder llevar a Floriberto hasta su casa: prefería arriesgar un asalto o la vida, a pasar otra vez junto al tronco ése.

  Recordé que así pasaba en mis mocedades, por aquel Bosque de mi niñez temprana: jugaba con niños que vivían en las barrancas entre raíces de añejos troncos, ahí donde a veces hacían su cubil las Lobas. Nunca entendí porqué espantaban a toda la campesinada si eran tan amigables. No se dejaban ver por cualquiera y a cada quien su conciencia: contaban mis abuelos que por guardar el cazo con oro del Arcoíris despertaban ambiciones mediocres sin fondo y como nuestras cabezas, también eran dorado premio para la práctica de tiro, por Dios y por la Patria.

  Encargado del Arcoiris en Zicatela, -cuyo único cazo de oro eran las fosas cépticas- empecé a ser observado silenciosamente por un caballero de camisa blanca, pantalón negro y sombrero de paja cubriendo un rostro a mostacho negro. Primero discretamente para no obstruir mis actividades nocturnas, poco a poco venció su timidez y empezó a ser más obvio. La mayoría correrían espantados al verlo dando mala fama y como ya estaba bastante solitario, se aseguró de mi templanza antes de acompañar los trabajos hoteleros nocturnos. A veces, se asomaba en pleno día por la ventana del taller-bodeguita a un lado de la piscina, atrás del jardín. Mentalmente le daba la bienvenida y me venía a la mente que estaba muy contento de tener un amigo.

  Desayunando con José Luis (dueño del Arcoiris) me atreví a comentarle sobre mi nocturnal e incorpórea amistad. José Luis nació en un rancho ganadero de Tuxpan, rodeado de monte con sus correspondientes Duendes, no pensaría que soy un ignorante: loco quizás, d’eso no hay ni la menor duda. Al escuchar mi novela, me indicó una señora entrada en bien conservados años y cubierta de encajes blancos, desayunando en la Galera (el restaurante bar del Arcoiris) y que le contara mi anécdota. Nos levantamos y después de las presentaciones de rigor la acompañamos a su mesa.

  Sorpresa la mía: era hija del propietario del terreno donde más tarde José Luis fincó el Arcoiris. Había sido una rejoneadora de renombre hasta su retiro; después de escucharme, sacó una foto muy antigua desgastada por el tiempo, donde posaba m’incirpóreo amigo a cuerpo entero y el mostacho muy sonriente. Según ella, siempre estaba reparando o construyendo algo en su terreno usando las manos. Yo cuidaba igual del Arcoiris y éso inició nuestra amistad. Le vendió la finca a su papá con la condición de no abandonar el terreno a la buena de Dios y poco después navegó hacia la Otra Ribera. Regresaba de vez en cuando para revisar el estado de las cosas que dejó en ésta Ribera.

  A los incorpóreos les gusta darnos gusto así como a los bichos también. Uno puede enviarlos para dar luz o entregar tinieblas, la intención es nuestra propia decisión: podemos sembrar vientos y cosechar tempestades o bien sembrar semillas y cosechar la Milpa. Decía mi compadre Lucio que’n sueños, después de hacer la limpia de un paciente, se le apareció aquel espíritu reclamando que no lo dejara hacer su labor:

  -"Me enviaron para cobrar una deuda ¿Hasta cuándo podré descansar si no me dejas pasar?"- a lo que respondió mi compadre:

  -"Reclámale al que te mandó".
AMANECE LA VOLCANA, desde Casa de mi Compadre


una OLA de HOLAS desde México: ¿escritor yo? ¡¡PARA NADA LiMONADA!!

  Soy vil máistro automotriz y demás hostias por nacer con habilidad manual y visual. Alguna vez qu'el tiempo marcaba 1990, un amigo de ésos que ni necesitas enemigos, ofreció pagarme la traducción al castellano de Manuales Chrysler p'al taller (originales en inglés). La computadora “haría todo lo demás, yo te enseño cómo” y ni recuerdo cuántas planillas ni cuánto por planilla, calculando como un mes de escritura.

  Me sentó frente a una Lap -revolucionaria por aquel entonces- con pantalla de cristal líquido sin luz, cuyo texto azul claro contrastaba sobre un fondo del papel aluminio que hoy usamos en la cocina. Sólo alcanzaba a ver qué escribía en el único, rígido y siempre incomodísimo ángulo que automáticamente reflejaba la ventana, o la lámpara, o cualquier otra cosa brillante del entorno. Su lenguaje maravilloso y mágico era el maldito Word Perfect. ACABAMOS a comienzos de 1991, 6 meses DESPUÉS del cálculo inicial: si me daba sed, la compu celosamente se ponía rara, paralítica y a reiniciar todo aquel dedálico rollo del protocolo por una hora; igual cuando me daba hambre, o si preguntaba alguna duda, o si entraba alguien y si salía también. Todo ésto, intercalado a la veintena de cortes eléctricos tan clásicos en el Cuernabalas del dios vuestro de CADA DíA, tanto en aquel ayer como hoy en día (y por la noche aún pior) .

  Juré que JAMÁS (cuidado con la palabrita: te escupe toda la cara cuando menos lo esperas) JAMÁS me acercaría a ninguna otra computadora en toda mi vida. Casi inmediatamente perdí la memoria por 4 años y ya en el Hotel Arcoiris que regenteaba en Zicatela, me pedían menús con diferentes ofertas del Restaurant ¡¡a Diario!! Aprovechando mi lapsus desmemoriante, sentado frente a otra compu (con pantalla iluminada ¡¡menos mal!!) volví a teclear en Word Perfect (perfect-amente ODiOSO) e imprimía menús cada mañana por la mañana. Para regentear al Arcoiris sin recordar nada, escribía papelitos y papelitos y más papelitos con diferentes fases de todo lo que hacía (desde reparaciones y compras del Hotel, peticiones de diferentes huéspedes y empleados, hasta los menús mañaneros), llenando así todo mi maletín. El Mazo (el maz-ojete de la banda: dueño del Arcoiris y también amigo d'esos que no necesitas enemigos) me dedicó el siguiente dibujo:
  Comenzó la Internet cuando recuperé la memoria -hasta cierto punto- y cambié al Arcoiris por inolvidable galana Aimara de Metán: también me regalaron una Combi y desayunaba con Mate en vez de Café. Al año, regresé a la Hacienda con la familia olvidando a mi amada Aimara -graduada como EX- y volví a desayunar con Café. En 2002 heredé la compu '97 de mi papi el General, una HP Pavilion con (no se asusten) 32 Megas de Memoria RAM. Por la misma curiosidad que mata tantos gatos, la conecté y arrancó sola SiN maldiciones, con nada de Word Perfect: ¡¡Perfect-ísimo!! Y caí en ésta trampa del escribir que te corrijo, te corrijo y vuelta a corregir lo corregido, ad infinitum... Un hijo me conectó a la Internet con tarjeta prepago y empecé los Emilios con otro hijo en Sharm el Sheik; quise ver ésto del Blog qué onda a dos índices de velocidad y mirando el tablero, o cada parpadeo tecleaba una letra equivocada y vuelta al te corrijo que te corrijo.

  Como aquél Emilio era @Yahoo! mi blog estaba en la Yahoo!360° y algunas personas gustaron mis olvidosos recuerdos, basados en notas del misterioso maletín escrito desde el Arcoiris ¡no vaya a tomar otras vacaciones doña Mnemósina! Comencé a corresponder comentarios en lo que relataban mis nuevos desconocidos, alcanzando niveles de mejores amistades que’n la vida real: no tenía que soportar su presencia ni ellos tampoco. De una vez cada semana pasamos a dos (o más veces en las lluvias). Éramos de todo el globo parlando en castellano. Odiábamos al Féisbu con singular agrado y a Máicrosof también, por alergia común al azul yanqui que destroza pupilas quemando retinas. Todos éramos (y somos) proletarios sin dinero para Appleses, manzanas más caras aún que la original de Eva.

  Murió la Yahoo!360° prometiendo el cielo y las estrellas antes estrellarse forever. Nos pasaron a Multiplyca y agarramos vuelo, se sumaron más adeptos y la adicción así invadió nuestras plácidas vidas. Para poder comer, desde mi cocina abrí un blog donde fotografiaba -y a veces carbonizaba- mis alimentos. Lo mismo con la mecánica automotriz o ya no tendría €ntrada$ (ojalá y crecieran como las entradas de la frente, joer) y así con mis mascotas, el jardín, los paseos a Tepoztlán... hasta que murieron al Multiplyca, poco después de volverse un sitio culebrón de ventas.

   “Algo” hay con la Internet que cuando un sitio empieza a funcionar mejor de lo mejor, te hace todo lo que necesitas sin laberintos incomprensibles ni pedir claves culeras y funciona más que nada comunicando a los de habla castellana -como nos gusta a los que vivimos sencillamente a gusto- a "alguien" (de habla inglesa, notablemente) no le gusta y lo elimina sin miramientos para regresarnos al inframundo laberíntico del Gúgle Blogger.

  Algunos nos r'encontramos en el odiado Féisbu, ni modo: es sano dejar de odiar. Otros nos fuimos a diferentes foros que nunca pegaron. Por ello estoy aquí, por mi excelente (anque negrera y desaparecible) Capitana, la que si no escribo saca su látigo con los Contadores de Estrellas: doña Isabel Drake. A ver acá si no camino la plancha hacia los tiburones, ya veremos.

  Nadie lo sabe ¡EXTRA, extra: chismex! pero escribo a lo tonto desde mis vivencias, sueños, intuiciones y papelitos del maletín, pior que colegial del pre-kinder. Después corrijo mil y una veces, hasta que solita aflora alguna narración escondida al cuajar mi sopa de letras y voy esculpiéndola poco a poco. Tan lentamente, que me parte la mami ésa limitación de tiempo correccional en algunos foros, es como MÁS ESCRiBO: corrigiendo y corrigiendo, a veces durante TODA LA SEMANA (¿limitar a 15 minutos? ¡RiDíCULO!). Otras veces me toma más tiempo, hasta un mes pero ni modo: el Blogger es tal follón con ésa madre tan mal parida del «G+» que casi ni nos podemos comunicar nadie con nadie; mejor pongo notas y enlaces al Féis, donde NAiDEN CONTESTA, ni siquiera uno en cada 100 de aquel Multiplyca.

  Bueno, por fin me presenté y como ven ni sé escribir (ni tampoco quisiera aprender p’acabarla de joer). Eso sí, fomentó mi uso del Noutbuc acá abajo en mi Lap. Por éso tardé tanto en presentarme y antepuse algunas publicaciones, dispensen mi autismo. Más vale tarde (¡tardísimo, güey!) que never, de limón la never.

NOTA.- en 1997 Paulina Huracanada editó al dibujo del misterioso maletín con agua.

las Tribulaciones de un Mecánico Hotelero

  Cubría dos turnos de 8 horas o un turno de 16 horas -de a como prefieran dividir al Tiempo- con libertad de escoger mis descansos y organizar a modo mis actividades. La Bula Matari (mi VW "Kurierwagen" '75) carecía de capacidad para llevar todo el personal del último turno.

  Comenzando la temporada de lluvias con asaltos a granel, puse a trabajar la Combi '82 propiedad del Arcoiris. Cada mañana, salía de compras para el Hotel y su Restaurante-Bar; entrada la noche, entregaba al último turno por diferentes rumbos d’este Puerto sin atracadero, pa que no repartieran sus míseros sueldos a diestra y siniestra tratando de llegar vivitos y coleando hasta su casita hogar.

  Ése día más que completo, ya sanos y salvos casi todos nomás faltaba entregar a doña Leo, nuestra jefa de cocina y al Gordito cajero del Restaurante-Bar. Vivían encumbrando las márgenes de la población al otro lado del Aeropuerto, entrando desde la carretera a San Pedro por una brecha paralela a la pista de aterrizaje. Con el chubasco recién amainado evitaba atascar la Combi por el lodazal, manteniendo de 50 a 60 kilómetros por hora. Si reducía la velocidad se undía en el lodazal y si aceleraba, manifestaba su disgusto a coletazos de pescado y los pasajeros arrepentidos de haber nacido.

  Cruzar un hilito de agua insignificante a tal velocidad, despegó del suelo a la Combi y anque m’encanta volar, francamente prefiero pilotear algo con alas. Volábamos en una trayectoria recta y horizontal, cuando menos. Desafortunadamente, allá abajo la brecha se desviaba hacia la derecha; aterrizamos como una piedra de cuatro ruedas, entre el zacatal de yerba junto al camino por estribor y a babor, con escasos diez centímetros de la tela ciclón y los postes de cemento que rodeaban la pista aérea. Fué el momento más que oportuno -indispensable, diría yo- para aplicar las enseñanzas de Robert aterrizando su patín de cola; el jalón hacia la tela ciclón -y los postes de cemento a nuestra izquierda- fué extraordinariamente similar al de su avioneta, mas media vuelta de contra volante y a dos manos de fuerza para lograr mantener una trayectoria recta, mi vocecita interna gritando -«¡¡ni se te ocurra tocar los frenos!!»- mientras el Tiempo se desbocaba alcanzando CASi-CASi la Eternidad y sin parar, hasta que talar tanta yerba con arbustos nos frenó. Doña Leo paró su cotorreo con el Gordito y preguntó, coquetamente: -«¿Porqué paramos aquí y a ésta hora, Don?»- creyendo romance en Combi a la puerta. Sin poder articular palabra solté el volante, tomé la linterna de la guantera y la apunté por afuera, debajo de mi asiento; la rueda delantera izquierda mostraba más de la mitad por fuera de la salpicadera, cual ala acostada totalmente horizontal.

  Con calma bajé a detallar daños; levantando un poco la Combi con el gato y apartando tanta yerba, percibí qu'el salto iniciador de nuestro corto vuelo, sacó una rótula de la suspensión izquierda, aterrizando así con la rueda en horizontal, sobre un talud; la otra rueda buena, rodó metida en una zanja abandonada, cuyo material formaba el talud a la izquierda. Sin acostarse la rueda izquierda sobre el talud, nos hubiéramos volteado a la derecha sobre el camino. Sin rodar la rueda derecha dentro de una zanja, nos hubiéramos acostado por la izquierda contra la tela ciclón y sus postes de cemento, antes de invadir la pista de aterrizaje. La Maule con patín de cola de Robert, me capacitó perfectamente para mantener recta nuestra trayectoria de hoy (gracias, amigo Robert) y logré aterrizar la Combi sobre tres ruedas... y un talud.
El "Lugar de los Hechos" visto de día, sin tropa y con la zanja tapada
  El Gordito se quedó a cuidar la Combi con doña Leo acechando su inocencia nocturna, mientras yo caminaba hacia la carretera para encontrar un taxi. Caminando a pié bajo ése cielo estrellado que dejan los chubascos nocturnos, me preguntaba: ¿porqué un hilito de agua tan leve provocó el Vuelo del Fénix?... Porque  abajo era un profundo vado que desaguaba toda ésa zanja abandonada, dejando agua a nivel inocente cuando paraba de llover. Parecía tener un centímero de profundidad y era bastante más profundo que la zanja donde aterrizamos.

  Media hora más tarde llegué al Hotel y José Luis en la jarra con clientes y amigos. Brindé para bajar susto y huevos. Subiendo lo necesario a la picop, partimos al rescate de doña Leo, del Gordito y de la Combi, copa en una mano y la otra con botella a fin que naiden era manco. ¡Salú!

  Arribando al lugar de los hechos, soldados en tropa mantenían a la Combi bajo resguardo y en un santiamén esfumamos copas y botellas: no alcanzaban para tantos. -«¿Será que'l Gordito violó a doña Leo?»- pregunté a José Luis que respondió -«Al revés volteado, nuestro cajero ni cumple 19 años y doña Leo...»- cuando nos interrumpió la tropa cortando cartucho a Máuseres sin apuntar a nadie pero en alertas y preparados-listos, un Teniente interrogando a qué le tiraba un vehículo tan sospechoso, estacionado ahí en Zona Federal junto a la pista y por largo rato: -«¿Acaso esperaban algún aeroplátano con droga?»- Recordé que Line decía: -«Los cascos cuadrados son nuestros amigos...»

  Mostré los daños y nos dió apoyo incondicional. La tropa cargó con la Combi desde la zanja hasta el camino y ahí logramos meter la rótula en su lugar, despedir al teniente y conducir despacito dejando en sus respectivos hogares a doña Leo y al Gordito. Regresamos al Hotel a terminar nuestras ocultas botellas y para cambiar las rótulas de la Combi, mejor mañana pa distraer la cruda. Entre la tropa, doña Leo era más popular que la Adelita y creí que se iba a quedar ahí junto al Aeropuerto. Menos mal que no: el Arcoiris hubiera perdido la Jefa de Cocina con la mejor sazón de éste Puerto sin atracadero.

    Rebeca atiende un Huésped en la Galera

Nexos @nexos:

la Maule (1992)

Introducción: hoy en pleno Marzo del 2003, una Maule sobrevolando nuestra hacienda Armonía, le recordó a mi alma cuando Robert (gran amigo que ahora vuela por la Otra Ribera) y yo, nos conocimos en Puerto Escondido, allá por la Costa Esmeralda, durante aquel verano de 1992 ...
  la Maule


Robert aterrizó su Maule en el aeropuerto de Puerto Escondido: no recuerdo de qué año era, combinando el azul y blanco con un alternador ¡totalmente frito! Robert traía el síndrome de -"y ahora, ¿quién me ayuda?"- pintado por toda la cara (como los viajeros con problemas acá en México, siempre ponen). Lo llevé al taller eléctrico que rebobina todos los ventiladores de techo de su hotel Arcoiris; el máistro nos dijo -"No hay problema; me lo hecho, pero ustedes lo desmontan y montan en la avioneta."- Robert preguntó si teníamos herramienta y le hice notar que mi Bula Matari era un Taller Móvil completito; además, había dado mantenimiento a Cessnas y Pipers como pago para mi curso de Paracaidismo. Robert era socio del hotel Aicoiris con José Luis, yo era su gerente. Nos sentimos como el Inspector y la Pantera Rosa el primer día que se conocieron ··· Robert era perforador petrolero tejano (¿de dónde más?): mira que yo aprendí el inglés en Texas, durante mi adolescencia. Simpatizamos al vernos.


Robert dió las instrucciones para destapar al motor (no había vuelto a oir de sujetadores dzus, desde aquellos tiempos que volaba modelos a escala y control de línea. Mucha madera de balsa quedó astillada por todo el piso en aquel entonces...) y dejamos la pobre Maule sin alternador.

La habilidad de los maestros de taller mexicanos, puede llegar a ser asombrosa (o totalmente desastrosa): ésta vez nuestro Eléctrico demostró gran maestría. Había hecho énfasis de cuán importante era volver a colocar todas las cuñas de madera para apretar las bobinas, o la vibración del motor auto destruiría el alternador y -"¡no queremos que pase éso durante el vuelo!"- Entregó un alternador que estaba -"¡pior que nuevo, mi jefe!".


Volvimos para colocarlo ya reparado y arrancamos el motor de la Maule...como aquellos modelos a escala: ¡jalando la hélice con ambas manos! Y la Maule arrancó sin degollar a Robert. Lo celebramos con humor:

-"Pinche JeanLoup, estás tan loco que saltas dejando una avioneta ¡volando en perfecto estado!"- por mi fascinación paracaidista (con 29 saltos vil principiante apenitas) y contestaba -"Pos sí, pero no quedaré como ¡disfraz de Halloween maltrecho!!!"- (por jalar ésa hélice tan cerca de su hueca cabeza...)

Indiqué a Robert que había que recalibrar los contactos del regulador de voltaje: los calibré al estilo VW a falta de otras especificaciones. Junto a nosotros estaba el mecánico certificado de Aerolíneas Vega, afinando una bimotora Cessna; le pedimos su visto bueno y según él, todo estaba perfecto.

Al otro lado estaba un Skyvan de la Marina estacionado, con su rampa trasera abierta. Parecía el bebé de algún Hércules. Su tripulación nos observaba escuchando todo desde hacía un rato; con cara de "pinches gringos locos" nos preguntaron, asombrados:

-"¿A poco van a volar en ésa cosa así no más, sin hacer otras pruebas?"

-"No tengo  opción: ya dije ¡ni te fíes del mecánico que no se suba contigo al vuelo de prueba! ni tampoco me perdería cualquier pretexto para volar"- contesté a los boquiabiertos marinos.

Mientras se calentaba el motor, pregunté (soy inmejorable haciendo preguntas estúpidas): -"Oye Robert ¿Qué bronca hay entre un patín de cola y un triciclo?"- sin palabras me entregó los controles y empezamos a practicar carreteo, para mantener derecha la Maule siguiendo la pista; pisando freno izquierdo o freno derecho, asegún se descarriaba. A baja velocidad el timón no responde y el patín de cola es una rueda loca (como los carritos del súper).

Por aquellos días, el aeropuerto de Puerto Escondido sólo recibía dos vuelos comerciales desde la ciudad de México. El personal del aeropuerto y de la Torre de Control se dormía de aburrimiento sin hacer nada lo más del tiempo. Felices de que iniciáramos algo de acción, nos ayudaron de buen grado: punto aparte que la comunidad aérea es un gremio bastante unido.

Después de recorrer p'arriba y p'abajo varias veces la pista, la Maule ya mantenía su curso bien recto. Robert me instruyó bajar los flaps un punto, corregir el ángulo de ataque a la hélice y acelerar gradualmente el motor a fondo. Casi enseguida alzó su cola, en menos de 100 metros alcanzamos 50 nudos y sentí la vibración de la Maule indicando que ya despegaba y yo manteniendo sus ruedas rozando la pista. Robert me dijo que jalara el timón y la Maule alzó su majestuoso vuelo de águila imperial, mientras Robert instruía subir los flaps. Es indecible ése -"pero ¡bien que vuela ésta fregadera!"- de cada despegue, donde manejas los controles hasta el goce de vivir unidos, en ésta realidad tan superior a cualquier sueño...

Practicamos algunos ejercicios de navegación: mantener el ojo en la bola, navegar con el horizonte hasta llegar sobre las lagunas de Chacahua y vuelta de regreso. El manglar de Chacahua es un santuario para todo tipo de aves: garzas, grullas, pelícanos, pijijes, gansos, patos...siendo nuestra Maule la mayor de todas! Noté que nunca nos alejamos mucho de la orilla: por si cualquier problema poder planear hasta a la playa. Nuestra Maule (bueno...la Maule de Robert!) tenía ruedas para arena: Robert siendo surfer, varias veces buscaba olas y tubos aterrizando hasta las playas más remotas.

De regreso, Robert me confió el día que las ruedas se empezaron a hundir en el fango, en un intento suicida al despegue después de un chubasco...con su mujer copiloteando para aumentar vergüenzas: ¡por supuesto! Cansado de surfear todo el día, tenía hambre, sed y sólo quería regresar a su hotel. No peló todos los avisos que daba su Maule...y la capoteó. Tuvieron que desmantelar las alas, subir la Maule en un camión plataforma y llevarla hasta la fábrica de EUA. Allá repasaron la Maule por toda la línea de producción para revisarle TODO desde adentro hasta afuera. (de suerte, nadie resultó herido mas que orgullo y hélice)

De regreso a Puerto Escondido en la aproximación final, Robert me indicó flaps abajo, desacelerar con la hélice casi en bandera; yo me sentía el amo de los aires...hasta tocar la pista. Ahí, en vez de que las cosas fueran poniéndose cada vez más relajadas (como cuando aterrizo con trenes triciclos) empezaron a complicarse aceleradamente: sentí que el Maule se iba a atravesar, como si alguien hubiera tirado agua con aceite ¡por toda la pista! Robert ya se lo esperaba, conociendo bien el temperamento de la Maule; alternando golpes maestros contra pedales de freno a la izquierda o a la derecha y a velocidades inauditas, nos mantuvo derechitos sobre la pista, hasta que nos detuvimos (y pude volver a respirar).

Ahora ya sé "qué bronca hay entre un patín de cola y un triciclo"...gracias, Robert.

epílogo: Extraño al buen Robert. Cada atardecer, se le encontraba en el Nido del Vigía del hotel Arcoiris, con un vaso de vodka sobre las rocas en una mano, volteando costillas de cerdo sobre el carbón con la otra, después de preparar una salsa de barbacoa tejana, mortíferamente huérfana ...

Voló hacia la Otra Ribera, dejándonos bien nostálgicos ... ya no más costillas de cerdo, ni salsa de barbacoa tejana.

JeanLoup sansChaussure

robado de la página web del hotel Arcoiris:
Robert Crowe era surfer

En sus venas corría el océano, el tronar de las olas era su latido. Con ése impulso que obliga todos los surfers, para levantarse a impías horas mañaneras, atrapar los mejores sets de olas, anticipar al grupo y surfear cuanto sea posible.

Desde joven, Robert viajó durante años con su bella mujer por todo el mundo, surfeando la búsqueda de un lugar soñado. Ése lugar, donde pareciera que el océano te ha tragado, para transportarte a un paraíso escondido, con cielos de un azul infinito, cuando no lo rasgan colores de pasión al ponerse el Sol. Ése lugar, donde sientes que la arena caliente, apenas roza tu piel con el viento. Ése lugar, donde la poesía del océano, levanta perfectamente una pared esmeralda tras otra. Robert encontró éste paraíso en México, en un pueblito atinadamente llamado Puerto Escondido. Éste es su paraíso.


Afueras de éste pintoresco pueblo de pescadores, Robert encontró lugar en Playa Zicatela. Enormes olas verdes que se estrellaban sobre una larga playa, acumulaban arena hasta una selva de palmeras y cactos, bajando en cascada desde las montañas. Aquí nació el hotel Arcoiris. Con ayuda de su compadre y socio José Luis Mendiola, el hotel Arcoiris empezó su jornada. Entre una belleza de palmeras y cactos, permitiendo que la naturaleza lo invadiera, en vez de invadir la naturaleza.

Fiel a la tradición y costumbres locales, el hotel preserva con orgullo, la forma de vida en éste paraíso. Robert se aseguró que futuros surfers, aventureros y viajeros de todo el mundo, pudieran experimentar algún día éste paraíso escondido, tan apartado, por generaciones venideras. Hoy es José Luis, quien devotamente vive y administra el hotel; pero mencionen a Robert Crowe y muchos recordaremos al surfer.

Con todo cariño, en memoria de Robert S. Crowe
1949-2001